La revolución de la portabilidad: cuando lo común se volvió chic / The portability revolution: when the ordinary became chic
La revolución de la portabilidad: cuando lo común se volvió chic
La vida comenzó a volverse una experiencia movible o portable a partir de los años setenta. Un poco antes había aparecido el libro de bolsillo, y en esa década surgió el Walkman, posteriormente reemplazado por el Discman.
Recuerdo esa época, cuando yo era adolescente, como profundamente liberadora en lo personal. Hoy, mirándola en retrospectiva, también me parece liberadora para la sociedad en su conjunto. Décadas después, Steve Jobs describiría al teléfono inteligente como “una extensión del ser humano”. En cierto sentido, el libro de bolsillo y el Walkman ya anticipaban esa idea.
El libro de bolsillo era exactamente eso: un libro que cabía en el bolsillo. Podía encontrarse en todas partes —supermercados, tiendas de regalos, aeropuertos— y democratizaba el acceso a la lectura mediante precios accesibles. Hoy, en gran medida, esa función ha sido reemplazada por el teléfono inteligente como forma barata y masiva de leer.
Junto al Walkman, el libro de bolsillo representaba la portabilidad del entretenimiento desde los años setenta. También permitía algo importante: que una persona común pudiera construir su propia biblioteca personal. Era un instrumento poderoso para masificar la lectura.
Pero ambos objetos formaban parte de un mismo continuum histórico: un proceso creciente de personalización de nuestras opciones culturales. Era liberador poder llevarlos a todas partes. En dos bolsillos podíamos tener el mundo: en uno, el libro de bolsillo; en el otro, el Walkman.
Así lo experimenté personalmente. Recuerdo en mis años universitarios —tanto en Santiago como en Washington D.C.— ver personas en aeropuertos, parques, buses o trenes con alguno de estos dos dispositivos. Era reconfortante. Para mí representaba sociedades donde la clase media era mayoritaria y donde muchos podían acceder a ese tipo de entretenimiento.
Por algún motivo, esa portabilidad del entretenimiento generaba —y sigue generando— una gran alegría. Personalmente siempre me dio la sensación de que democratizaba algo que antes pertenecía a las élites: leer o escuchar música en cualquier lugar.
Las implicancias probablemente van mucho más allá de lo que describo aquí. Pero vale la pena recordar estos dos objetos como símbolos de una etapa liberadora de nuestra vida cotidiana. Tal vez fueron la continuidad de procesos anteriores que hicieron posible su aparición y que luego desembocaron en innovaciones posteriores como el teléfono inteligente.
Algo similar puede observarse en la cultura pop. Pienso, por ejemplo, en Andy Warhol y su famoso póster de las 32 latas de sopa Campbell. Recuerdo haber visto una derivación en 1985 en la casa de un amigo inglés en Washington D.C., que usó simplemente 3 latas de sopa Campbell como decoración en su sala. Era algo simple, casi trivial, pero profundamente liberador: cualquiera podía ir al supermercado, comprar unas latas de sopa y convertirlas en parte de su decoración.
También me viene a la mente la historia de los Levi’s jeans. Nacidos como una prenda de trabajo durante la fiebre del oro en 1853, ochenta o cien años después se transformaron en una prenda universal que todos querían usar. Ese es el poder del blue jean: todos podemos tener uno.
Lo mismo ocurre con el libro de bolsillo, el Walkman o el teléfono inteligente. Hay algo profundamente atractivo en esa masividad.
Quizás no es solo la portabilidad lo que explica su éxito. Es también la posibilidad de que todos podamos tener uno.
Y quizás de eso se trata, en esencia, la cultura pop: de democratizar lo cotidiano hasta el punto en que lo común —el blue jean, la lata de sopa, el Walkman, el libro de bolsillo— se vuelve atractivo incluso para las élites.
Esto representa una inversión histórica interesante. Durante siglos, las élites marcaban las tendencias que luego imitaban las masas. Con la cultura pop ocurre algo distinto: lo masivo influye hacia arriba. Lo común se vuelve chic.
La cultura pop comenzó a tomar forma a mediados del siglo XX en Estados Unidos y el Reino Unido. Impulsada por la posguerra, el rock and roll y los medios de comunicación masivos, surgió en parte como contrapunto a la cultura elitista tradicional.
Su auge se dio en los años cincuenta y sesenta con figuras como Elvis Presley, la expansión de la televisión y el surgimiento del Pop Art. Aunque existían antecedentes en el jazz y el cine de los años veinte, fue en esa etapa cuando la cultura pop se consolidó como fenómeno global.
Artistas como Andy Warhol reflejaron esta nueva realidad cultural basada en imágenes conocidas, repetición y consumo masivo.
Desde entonces, la cultura pop ha marcado profundamente la vida cotidiana. El Walkman, el libro de bolsillo, el teléfono inteligente y los blue jeans son íconos claros de ese proceso. Representan fenómenos de consumo masivo, accesibilidad y cambios en el estilo de vida que han definido generaciones enteras.
El Walkman de Sony revolucionó la música al volverla personal y portátil. Durante dos décadas definió la forma de escuchar música. El libro de bolsillo democratizó la lectura al hacer los libros accesibles a gran escala. El teléfono inteligente ha transformado la comunicación, el entretenimiento y el acceso a la información a nivel mundial. Y los blue jeans evolucionaron de ropa de trabajo a prenda universal, símbolo de rebeldía, juventud y cultura popular.
Todos estos elementos forman parte de un mismo proceso cultural: la democratización del acceso a la información, al entretenimiento y a la identidad cultural.
La cultura pop no solo refleja identidades sociales; también las crea y recrea. A través de la música, la moda, el cine y hoy las redes sociales, se construyen formas de pertenencia y expresión colectiva.
Por eso, cuando miramos estos objetos —el libro de bolsillo, el Walkman, el smartphone o los blue jeans— no vemos simplemente productos. Vemos símbolos de una transformación cultural más profunda.
Si ampliamos la mirada, vemos que la portabilidad es solo un eslabón dentro de un proceso mucho más amplio de evolución social y tecnológica. Un proceso que continúa avanzando, a veces con excesos y correcciones.
La evolución cultural es iterativa: avanza, retrocede, se corrige y vuelve a avanzar. Probablemente deba ser así para ser sostenible.
En ese proceso, la portabilidad ha sido uno de los grandes motores de cambio en las últimas décadas de la experiencia humana.

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