¿Ha alcanzado finalmente la historia con las ideas de Francis Fukuyama? / Has History Finally Caught Up with Francis Fukuyama?
¿Ha alcanzado finalmente la historia con las ideas de Francis Fukuyama?
Más de tres décadas después de publicar El fin de la historia y el último hombre, el politólogo Francis Fukuyama retoma las ideas que lo convirtieron en uno de los pensadores más influyentes de la era posterior a la Guerra Fría. La cuestión central ya no es si la democracia liberal triunfó en la década de 1990, sino si puede sobrevivir a las fuerzas políticas, tecnológicas y sociales que están renovando el mundo actual. En un episodio reciente del programa Ways to Change the World, el periodista Krishnan Guru-Murthy entrevista a Fukuyama sobre el auge del populismo, el creciente descontento político entre los hombres jóvenes de Occidente, la erosión de una realidad compartida a causa de las redes sociales y las implicaciones de su nuevo libro, In the Realm of the Last Man (En el reino del último hombre). La conversación no constituye tanto una defensa de su obra anterior como una reflexión ponderada sobre lo que acertó y lo que no supo prever.
El incomprendido último hombre
Fukuyama explica que el concepto del "último hombre" se concibió originalmente como la idea conclusiva de su libro. El último hombre es el individuo que surge al "final de la historia": alguien que vive en paz, prosperidad y relativa comodidad tras el triunfo aparente de la democracia liberal y el capitalismo. La tragedia no radica en la pobreza material, sino en la complacencia espiritual. Cuando ya no quedan grandes causas por las que luchar, las personas pierden el deseo de sacrificio, de logro y de encontrar un sentido a la vida. Irónicamente, muchos lectores interpretaron la idea a la inversa. Asumieron que Fukuyama celebraba una victoria permanente de la democracia liberal, cuando en realidad advertía sobre el vacío que podía generar una comodidad excesiva. Esto conduce a una de sus observaciones más provocadoras: el extremismo no surge necesariamente porque las condiciones sean pésimas; a menudo aparece precisamente porque las condiciones son lo suficientemente buenas como para que la gente busque un propósito en causas por las que valga la pena luchar. Gran parte de la polarización política actual, sostiene, refleja tanto una búsqueda de sentido como una respuesta a las dificultades.
Una crisis sin visión de futuro
Fukuyama considera que ni la izquierda ni la derecha políticas actuales han articulado una visión convincente de un futuro mejor. El marxismo, más allá de sus fracasos, ofrecía una alternativa integral de sociedad. Los movimientos radicales contemporáneos, por el contrario, suelen destacar por su crítica del presente, pero tienen dificultades para describir el mundo que desean construir más allá de propuestas políticas aisladas, como el control de los alquileres o el transporte público gratuito. En su opinión, la crítica ha reemplazado a la imaginación.
La tecnología y el colapso de la realidad compartida
Quizás la mayor transformación desde 1992 haya sido la tecnológica. Fukuyama admite que no supo prever hasta qué punto la comunicación digital alteraría la sociedad. Hoy en día, cualquiera puede publicar casi cualquier cosa sin verificación de datos, filtros editoriales ni requisitos de credibilidad. Como resultado, comunidades enteras pueden habitar realidades distintas simultáneamente. Los hechos importan menos que el sentido de pertenencia. Él sostiene que muchas de nuestras creencias no se forman tanto a partir de pruebas como de nuestros círculos sociales y profesionales. A menudo, las personas defienden ideas no porque las hayan verificado, sino porque cuestionarlas podría amenazar su identidad o su lugar dentro de una comunidad.
El papel cambiante de los hombres
Otro cambio importante que no previó fue la transformación de las relaciones de género. A medida que las mujeres se incorporaban al mercado laboral en cifras sin precedentes y las economías pasaban de la manufactura a las industrias del conocimiento y la información, el papel tradicional del hombre como principal proveedor del hogar se debilitó drásticamente. Fukuyama argumenta que muchos hombres perciben esto como una pérdida de estatus y a menudo canalizan su frustración hacia la política o el feminismo. No obstante, considera que la causa más profunda es económica: la transición estructural de una economía industrial a una economía de la información. Esta misma transformación podría ayudar a explicar también el descenso de la natalidad en gran parte del mundo desarrollado.
Europa, seguridad y competitividad
En cuanto a Europa, Fukuyama destaca el argumento de Mario Draghi de que un mercado común verdaderamente integrado haría a los países europeos sustancialmente más prósperos. Las instituciones ya existen, pero a menudo ha faltado la voluntad política para completar dicha integración.
Al mismo tiempo, considera que el creciente esfuerzo de Europa por reforzar sus propias capacidades de defensa y seguridad constituye una adaptación positiva y necesaria a un mundo en el que ya no cabe dar por sentado que Estados Unidos será un garante permanentemente fiable de la seguridad europea.
Inteligencia artificial: el optimismo da paso a la cautela
Aunque Fukuyama nunca ha suscrito narrativas apocalípticas sobre la inteligencia artificial, reconoce haberse vuelto considerablemente más pesimista con el paso del tiempo. La IA no es simplemente una innovación industrial más; es una tecnología de propósito general capaz de transformar prácticamente todos los sectores de la economía. Sin duda, aumentará la productividad y generará avances notables en la ciencia, la medicina y la industria. Pero también provocará profundas alteraciones sociales: el desplazamiento de trabajadores, la concentración de poder en manos de quienes controlan la tecnología y el surgimiento de interrogantes totalmente nuevos sobre la gobernanza y la rendición de cuentas.
¿Tenía razón Fukuyama desde el principio?
Tras ver esta entrevista, me planteé una pregunta sencilla: ¿tenía razón Fukuyama desde el principio y ha terminado la historia por dar la razón a su teoría?
Tuve el placer de conocerlo hace nueve años, cuando fue uno de los ponentes principales de la 21.ª Conferencia Anual de CAF —organizada por CAF - Banco de Desarrollo de América Latina, el Diálogo Interamericano y la Organización de los Estados Americanos (OEA)—, celebrada los días 6 y 7 de septiembre de 2017 en el hotel Mayflower de Washington D. C. Recuerdo su especial interés por el desarrollo a largo plazo de América Latina y por el futuro institucional de la región.
Su nuevo libro, In the Realm of the Last Man (En el reino del último hombre), revisita las implicaciones de las ideas que publicó por primera vez hace más de treinta años. En muchos aspectos, da la sensación de que ya hemos entrado en ese mundo. Mi propia interpretación va un paso más allá. El «último hombre» tal vez no represente simplemente al ciudadano final del siglo XX; podría simbolizar al último ser humano que permanece como el principal motor del cambio histórico. El futuro de nuestro planeta podría verse moldeado cada vez más por la inteligencia artificial, los sistemas autónomos, las tecnologías cíborg o las máquinas inteligentes, en lugar de depender únicamente de los seres humanos que toman decisiones. En ese sentido, la metáfora de Fukuyama adquiere un significado totalmente nuevo. Sin embargo, hay otra lección en su propia humildad intelectual: reconoce abiertamente que, hace treinta años, no supo anticipar algunas de las transformaciones más importantes de nuestra época. Esa admisión sugiere algo igualmente importante: es posible que tampoco sea capaz de prever los cambios que definirán los próximos treinta años. Predecir el futuro, por mucha información que poseamos, sigue siendo un ejercicio intrínsecamente incierto. La historia nos enseña que no se repite, pero a menudo rima. Los patrones del comportamiento humano, el éxito y el fracaso institucional, y los ciclos de prosperidad y conflicto tienden a reaparecer bajo formas distintas. Si aprendiéramos de manera más eficaz de esas experiencias, tal vez podríamos evitar repetir muchos errores históricos. El desafío radica en que la democracia representativa no siempre permite a las sociedades prevenir resultados que reconocen como perjudiciales. Los ciudadanos insisten legítimamente en su libertad de elección, incluso cuando esas decisiones pueden acarrear consecuencias negativas previsibles. Esa tensión constituye una de las mayores fortalezas de la democracia, así como una de sus vulnerabilidades persistentes. Quizás, entonces, el mayor peligro del futuro no sea la inteligencia artificial por sí sola. Como sostiene Yuval Noah Harari, la civilización humana se construye sobre creencias compartidas e instituciones imaginadas que existen porque las aceptamos colectivamente como realidad. Si esas creencias se desvinculan de los hechos, la fuerza más disruptiva podría no ser la máquina que creamos, sino el mismo ser humano que elige qué creer.
Puede ver mi pagina de Instagram (maximilianobrandt) la selección de videos de la entrevista, aquí resumo su contenido:
Video 1: Explica que el concepto del "último hombre" constituía la parte final de su libro original; el "último hombre" es aquel que surge al final de la historia, cuando la gente vive en una prosperidad pacífica y carece de aspiraciones elevadas debido al triunfo de la democracia liberal y el capitalismo. La gente interpretó esto a la inversa. Las personas no sienten la necesidad de sacrificarse ni de actuar, ya que no existen causas por las que valga la pena luchar, pues ya han alcanzado un presente próspero.
Video 2: Al hablar sobre el extremismo, señala que no surgen posturas extremistas porque las condiciones sean extremas, sino porque las condiciones son buenas y la gente desea sentirse involucrada en una causa por la que valga la pena luchar. Y eso es lo que genera gran parte del descontento actual en el mundo.
Video 3: Considera que ni la izquierda ni la derecha han planteado una visión integral de cómo sería un mundo mejor. El marxismo sí tenía una, intentó implementarla y fracasó; el radicalismo actual se limita a una visión crítica del mundo presente, pero carece de una visión clara de hacia dónde quiere dirigirse —más allá de medidas como el control de alquileres o el transporte público gratuito—, sin ofrecer una visión sustancial.
Video 4: La tecnología ha transformado verdaderamente la percepción de la realidad; es posible vivir en un mundo donde los hechos están totalmente ausentes. Esto se debe a que la tecnología permite a cualquiera expresar lo que quiera sin verificación de datos, filtros ni requisitos de credibilidad, lo cual explica en parte por qué la gente puede vivir en estos mundos de fantasía.
Video 5: Explica que nuestras creencias se basan en nuestros círculos sociales, y no necesariamente en hechos, ya que no queremos poner en riesgo nuestra posición social o profesional.
Video 6: Explica que, cuando escribió el libro original, el mundo era muy distinto y no previó algunos de los cambios tecnológicos —como los relativos a las relaciones de género y la incorporación de la mujer al mercado laboral, factores que podrían explicar las bajas tasas de natalidad actuales— que han ocurrido en los últimos 30 años.
Video 7: Explica la pérdida de estatus del hombre en la sociedad, dado que ya no son necesariamente el principal sustento económico del hogar; este gran cambio les disgusta y tienden a culpar a la política o al feminismo, cuando en realidad las causas radican en la transición de una economía industrial a una economía de la información.
Video 8: Mario Draghi señaló a los europeos que contar con un mercado común los haría mucho más prósperos; asimismo, explica que Europa está intentando valerse por sí misma en materia de seguridad y defensa, lo cual considera positivo.
Video 9: Considera que el impacto de la inteligencia artificial será negativo; aunque nunca se adhirió a los escenarios apocalípticos, con el paso del tiempo se siente más pesimista, ya que se trata de una tecnología de propósito general aplicable a cualquier ámbito. No se limitará a los robots en las líneas de montaje, sino que afectará a múltiples sectores —en algunos casos para bien, al aumentar la productividad de ciertos procesos—, pero también tendrá efectos socialmente disruptivos, como la pérdida de empleos y los problemas relacionados con el control de la propia tecnología.
Has History Finally Caught Up with Francis Fukuyama?
More than three decades after publishing The End of History and the Last Man, political scientist Francis Fukuyama is revisiting the ideas that made him one of the most influential thinkers of the post–Cold War era. The central question is no longer whether liberal democracy triumphed in the 1990s, but whether it can survive the political, technological, and social forces now reshaping the world. In a recent episode of Ways to Change the World, journalist Krishnan Guru-Murthy interviews Fukuyama about the rise of populism, the growing political discontent among young men across the West, the erosion of a shared sense of reality through social media, and the implications of his new book, In the Realm of the Last Man. The conversation is less a defense of his earlier work than a thoughtful reflection on what he got right—and what he did not foresee.
The misunderstood "Last Man"
Fukuyama explains that the concept of the Last Man was always intended as the concluding idea of his original book. The Last Man is the individual who emerges at the "end of history": living in peace, prosperity, and relative comfort after the apparent triumph of liberal democracy and capitalism. The tragedy is not material poverty, but spiritual complacency. When there are no great causes left to pursue, people lose the desire for sacrifice, achievement, and meaning. Ironically, many readers interpreted the idea in reverse. They assumed Fukuyama was celebrating a permanent victory for liberal democracy, when in fact he was warning about the emptiness that excessive comfort could produce. This leads to one of his most provocative observations: extremism does not necessarily arise because conditions are terrible; it often emerges because conditions are good enough for people to seek meaning through causes worth fighting for. Much of today's political polarization, he argues, reflects a search for purpose as much as a response to hardship.
A crisis without a vision
Fukuyama believes that neither today's political Left nor the Right has articulated a compelling vision of a better future. Marxism, whatever its failures, offered a comprehensive alternative society. Contemporary radical movements, by contrast, often excel at criticizing the present while struggling to describe the world they wish to build beyond isolated policy proposals such as rent control or free public transportation. In his view, criticism has replaced imagination.
Technology and the collapse of shared reality
Perhaps the greatest transformation since 1992 has been technological. Fukuyama admits that he failed to anticipate how profoundly digital communication would alter society. Today, anyone can publish almost anything without fact-checking, editorial filters, or credibility requirements. As a result, it has become possible for entire communities to inhabit different realities simultaneously. Facts matter less than belonging. He argues that many of our beliefs are shaped less by evidence than by our social and professional circles. People often defend ideas not because they have verified them, but because questioning them may threaten their identity or their place within a community.
The changing role of men
Another major change he did not foresee was the transformation of gender relations. As women entered the workforce in unprecedented numbers and economies shifted from manufacturing toward knowledge and information industries, the traditional role of men as the household's primary breadwinner weakened dramatically. Fukuyama argues that many men experience this as a loss of status and frequently direct their frustration toward politics or feminism. Yet he believes the deeper cause is economic: the structural transition from an industrial economy to an information economy. This same transformation may also help explain declining birth rates across much of the developed world.
Europe, security, and competitiveness
On Europe, Fukuyama points to Mario Draghi's argument that a truly integrated common market would make European countries substantially more prosperous. The institutions already exist, but the political will to complete that integration has often been lacking.
At the same time, he views Europe's growing effort to strengthen its own defense and security capabilities as a positive and necessary adaptation to a world in which the United States can no longer be assumed to be a permanently reliable guarantor of European security.
Artificial intelligence: optimism replaced by caution
Although Fukuyama has never embraced apocalyptic narratives about artificial intelligence, he acknowledges becoming considerably more pessimistic over time. AI is not simply another industrial innovation. It is a general-purpose technology capable of transforming virtually every sector of the economy. It will undoubtedly increase productivity and generate remarkable advances in science, medicine, and industry. But it will also produce profound social disruptions: displacement of workers, concentration of power among those who control the technology, and entirely new questions about governance and accountability.
Was Fukuyama right all along?
After watching this interview, I found myself asking a simple question: Was Fukuyama right all along, and has history finally caught up with his theory?
I had the pleasure of meeting him nine years ago when he was one of the keynote speakers at the 21st CAF Annual Conference, organized by CAF–Development Bank of Latin America, the Inter-American Dialogue, and the Organization of American States (OAS), held on September 6–7, 2017, at the Mayflower Hotel in Washington, D.C. I remember his particular interest in Latin America's long-term development and the region's institutional future.
His new book, In the Realm of the Last Man, revisits the implications of the ideas he first published more than thirty years ago. In many respects, it feels as though we have now entered that world. My own interpretation goes one step further. The "Last Man" may not simply represent the final citizen of the twentieth century; he may symbolize the last human being to remain the principal driver of historical change. The future of our planet could increasingly be shaped by artificial intelligence, autonomous systems, cyborg technologies, or intelligent machines rather than by human decision-makers alone. In that sense, Fukuyama's metaphor acquires an entirely new meaning. Yet there is another lesson in his own intellectual humility. He openly acknowledges that thirty years ago he failed to anticipate some of the most important transformations of our time. That admission suggests something equally important: he may also be unable to foresee the changes that will define the next thirty years. Predicting the future, no matter how much information we possess, remains an inherently uncertain exercise. History teaches us that it does not repeat itself, but it often rhymes. The patterns of human behavior, institutional success and failure, and cycles of prosperity and conflict tend to reappear in different forms. If we learned more effectively from those experiences, perhaps we could avoid repeating many historical mistakes. The challenge is that representative democracy does not always permit societies to prevent outcomes they recognize as harmful. Citizens rightly insist on their freedom to choose, even when those choices may carry foreseeable negative consequences. That tension is one of democracy's greatest strengths and one of its enduring vulnerabilities. Perhaps, then, the greatest danger of the future is not artificial intelligence alone. As Yuval Noah Harari argues, human civilization is built upon shared beliefs and imagined institutions that exist because we collectively accept them as reality. If those beliefs become detached from facts, the most disruptive force may not be the machine we create—but the human being itself, who chooses what to believe.
You can view a selection of interview clips on my Instagram page (maximilianobrandt); here is a summary of the content:
Video 1: He explains that the concept of the "Last Man" formed the concluding part of his original book; the "Last Man" is the figure who emerges at the end of history, living in peaceful prosperity and lacking lofty aspirations due to the triumph of liberal democracy and capitalism. People interpreted this in reverse. Individuals feel no need for sacrifice or action, as there are no causes worth fighting for—given that a prosperous present has already been achieved.
Video 2: Discussing extremism, he notes that extremist stances do not arise because conditions are extreme, but rather because conditions are good and people want to feel engaged in a cause worth fighting for. This is what drives much of the current discontent in the world.
Video 3: He believes that neither the Left nor the Right has proposed a comprehensive vision of what a better world would look like. Marxism did have such a vision—it attempted to implement it and failed—whereas contemporary radicalism limits itself to a critique of the present world but lacks a clear vision of where it wants to go (beyond measures like rent control or free public transport), failing to offer a substantive vision.
Video 4: Technology has truly transformed the perception of reality; it is possible to live in a world where facts are entirely absent. This is because technology allows anyone to express whatever they wish without fact-checking, filters, or credibility requirements—which partly explains why people can inhabit these fantasy worlds.
Video 5: Explains that our beliefs are based on our social circles rather than necessarily on facts, as we do not wish to jeopardize our social or professional standing.
Video 6: Explains that when the original book was written, the world was very different; the author did not foresee certain technological changes—such as those regarding gender relations and women entering the workforce, factors that could explain today's low birth rates—that have occurred over the last 30 years.
Video 7: Explains the loss of men's status in society, given that they are no longer necessarily the household's primary breadwinner; this major shift upsets them, and they tend to blame politics or feminism, whereas the root causes actually lie in the transition from an industrial economy to an information economy.
Video 8: Mario Draghi pointed out to Europeans that a common market would make them far more prosperous; he also explains that Europe is attempting to stand on its own regarding security and defense—a move he views positively.
Video 9: Considers the impact of artificial intelligence to be negative; although the author never subscribed to apocalyptic scenarios, he has grown more pessimistic over time, given that AI is a general-purpose technology applicable to any field. It will not be limited to assembly-line robots but will affect multiple sectors—in some cases positively, by boosting productivity in certain processes—while also having socially disruptive effects, such as job losses and issues surrounding control of the technology itself.

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