¿Ha llegado el fin de la lectura?


 

¿Ha llegado el fin de la lectura?

La revista The Atlantic publicó recientemente un interesante artículo titulado The End of Reading Is Here (El Fin de la Lectura Ha Llegado), de la periodista Rose Horowitch, reabriendo el debate sobre los hábitos de lectura del ciudadano común. La preocupación por cuánto lee la gente no es nueva. Se remonta al siglo XVIII, cuando críticos europeos atribuían a la llamada "fiebre de la lectura" el deterioro moral e incluso algunos suicidios. En aquella época, condenaban el auge de las novelas y de la literatura popular, temiendo que el consumo masivo de ficción volviera a los lectores —especialmente a las mujeres— moralmente disolutos y emocionalmente inestables. 

En la era moderna, el temor dejó de ser que las personas leyeran demasiado para convertirse en la preocupación por que leyeran muy poco. El seguimiento sistemático comenzó en 1937, cuando George Gallup encuestó por primera vez a los estadounidenses sobre sus hábitos de lectura. Conforme se expandían nuevos medios, como la televisión, los investigadores observaron un descenso en la lectura por placer. Para 1955, los sondeos de Gallup ya mostraban una caída significativa en el porcentaje de adultos que leían libros en comparación con finales de la década de 1930. 

Décadas después, el informe del Fondo Nacional para las Artes de Estados Unidos (NEA), Reading at Risk (La lectura en riesgo), fue considerado el punto de partida del pánico moderno ante la denominada "crisis de la lectura". El estudio desencadenó años de preocupación al revelar un descenso constante en la lectura de obras literarias. El debate continúa vigente. El artículo de Horowitch provocó reacciones críticas entre expertos en alfabetización y críticos literarios, quienes señalaron que la lectura en formatos digitales y las ventas generales de libros continúan manteniéndose en niveles relativamente altos. 

En lo personal, recuerdo el libro Conjuro del Serynoser, de César Cuadra, presentado durante la edición de 2005 del encuentro literario Chillán Poesía, donde tuve la oportunidad de colaborar como voluntario. El libro incluye una frase que dice: Dime qué lees y te diré quién eras. Le pregunté al autor por qué utilizaba el pasado -quién eras— en lugar del presente. Su respuesta fue tan breve como contundente: Porque nadie lee. Más allá de las risas que provocó aquel comentario, la respuesta volvió a poner sobre la mesa la preocupación por el aparente declive de la lectura. 

Volviendo al artículo de Horowitch, la autora sostiene que la alfabetización universal pudo haber sido una breve anomalía en la historia de la humanidad. Basa esta afirmación en el descenso sostenido de la lectura de libros y en el hecho de que la prosa de los títulos más vendidos se ha vuelto cada vez más breve y sencilla. Entre los principales argumentos de su reportaje destaca que el porcentaje de estadounidenses que leen por placer todos los días cayó del 28 % en 2004 al 16 % en 2023. Asimismo, sostiene que los hábitos de entretenimiento han cambiado de forma radical y que, actualmente, los juegos de azar constituyen un pasatiempo más frecuente que la lectura de libros. También observa que las obras más vendidas, según el periódico The New York Times, contienen oraciones aproximadamente un tercio más cortas que décadas atrás. Finalmente, plantea la posibilidad de que estemos entrando en una etapa de "post-alfabetización", en la que el entretenimiento migra desde los textos extensos hacia formatos breves, como TikTok y otras plataformas digitales. 

Horowitch afirma que el fin de la lectura podría haber llegado. ´Hubo un tiempo en que muchos pensaban que la alfabetización universal era un destino inevitable de las sociedades modernas. Hoy, en cambio, comienza a parecer que la era de la lectura pudo haber sido apenas una breve anomalía histórica. Como ejemplo del enorme valor que tuvo la lectura para el desarrollo del conocimiento, la autora recuerda la Biblioteca de Alejandría. Aunque gran parte de su historia se ha perdido, sabemos que fue escenario de algunos de los mayores logros intelectuales del mundo antiguo. El rey financiaba a eruditos para que vivieran y trabajaran allí, y la colección estaba abierta a cualquiera que tuviera "afán de estudio", estimulando así el desarrollo intelectual de toda la ciudad. Fue en esa biblioteca donde Eratóstenes calculó la circunferencia de la Tierra y Zenódoto editó los manuscritos más antiguos de las epopeyas de Homero. Incluso es posible que Euclides, autor de los Elementos de geometría, también estudiara allí`. 

En una entrevista realizada por Fareed Zakaria en CNN se presentaron datos igualmente preocupantes. Hoy, la competencia de internet, las redes sociales y la inmediatez declaró vida con la que obtenemos información han convertido la lectura profunda en una actividad cada vez más difícil y, para muchos, casi un lujo. El número de estadounidenses que leen por placer en un día cualquiera cayó un 40 % entre 2004 y 2024, mientras que el porcentaje de quienes leyeron al menos un libro descendió del 52,7 % al 48,5 % entre 2017 y 2022. Zakaria enfatiza que la lectura profunda y el compromiso sostenido con los libros son esenciales para desarrollar el pensamiento crítico, la escritura clara y la profundidad intelectual. Leer obras extensas obliga a analizar ideas complejas, establecer relaciones entre conceptos y construir argumentos sólidos, en lugar de limitarse a consumir información fragmentada. Los artículos breves pueden aportar datos novedosos, sostiene, pero la comprensión de los fenómenos humanos, sociales y políticos exige la profundidad y los múltiples matices que solo los libros suelen ofrecer. El propio Zakaria ha contado que la literatura clásica —como el descubrimiento de *El gran Gatsby* cuando llegó como inmigrante a Estados Unidos— fue fundamental para comprender los valores culturales y sociales de su nuevo país. 

En mi opinión, el pensamiento crítico constituye una de las habilidades más importantes para las generaciones futuras. Actúa como una defensa frente a la desinformación, facilita la toma de decisiones inteligentes y se ha convertido en un componente indispensable para resolver problemas en un mundo cada vez más complejo. Permite distinguir entre hechos, opiniones y posibles manipulaciones, ayuda a evaluar críticamente las respuestas generadas por la inteligencia artificial, en lugar de aceptarlas de manera automática y hace posible transformar la enorme cantidad de información disponible en conocimiento útil. Sin embargo, el pensamiento crítico, la capacidad de síntesis y la posibilidad de construir ideas propias se desarrollan, en buena medida, mediante la lectura profunda. Si esta continúa disminuyendo, mientras la inteligencia artificial asume un papel cada vez más dominante en la producción y el consumo de información, la pregunta deja de ser si leeremos menos y pasa a ser mucho más inquietante: ¿qué ocurrirá con nuestra capacidad para pensar por nosotros mismos?

Podríamos estar presenciando una crisis de carácter institucional: la crisis de las agencias socializadoras, aquellas instancias mediante las cuales las personas adquirían una orientación normativa, valores y referentes para comprender la realidad. La familia, la escuela, los medios de comunicación, el trabajo y la religión han cumplido históricamente esa función. Como sostengo en mi libro Libertas: Ideas de libertad que impulsan el desarrollo, estas instituciones han atravesado profundas transformaciones durante las últimas décadas, debilitando su capacidad de orientar a las nuevas generaciones y, a mi juicio, empobreciendo su calidad de vida.

¿Podríamos estar presenciando ahora la crisis de otra agencia socializadora fundamental como la lectura? Si esta también pierde su capacidad de formar ciudadanos capaces de reflexionar, cuestionar y construir pensamiento propio, estaríamos frente a una transformación aún más profunda de la sociedad. La lectura no solo transmite información, también moldea la capacidad de concentración, fortalece el pensamiento crítico y permite desarrollar una comprensión más compleja del mundo.

La modernidad nos enfrenta así a un escenario lleno de incertidumbres. Quizá estemos asistiendo a un cambio cultural de dimensiones históricas, cuyas consecuencias todavía somos incapaces de medir. Por ahora, tenemos muchas más preguntas que respuestas.


Has the End of Reading Arrived?


The Atlantic magazine recently published an interesting article titled "The End of Reading Is Here" by journalist Rose Horowitch, reigniting the debate over the reading habits of the average person. Concern regarding how much people read is nothing new. It dates back to the 18th century, when European critics blamed the so-called "reading fever" for moral decay and even instances of suicide. At that time, they condemned the rise of novels and popular literature, fearing that the mass consumption of fiction would render readers—especially women—morally dissolute and emotionally unstable.

In the modern era, the fear shifted from people reading too much to a concern that they were reading too little. Systematic tracking began in 1937, when George Gallup first surveyed Americans about their reading habits. As new media like television expanded, researchers observed a decline in reading for pleasure. By 1955, Gallup polls already showed a significant drop in the percentage of adults reading books compared to the late 1930s.

Decades later, a report by the U.S. National Endowment for the Arts (NEA) titled *Reading at Risk* was seen as the starting point for the modern panic surrounding the so-called "reading crisis." The study sparked years of concern by revealing a steady decline in the reading of literary works. The debate remains ongoing. Horowitch’s article drew critical reactions from literacy experts and literary critics, who pointed out that reading in digital formats and overall book sales remain at relatively high levels.

On a personal note, I recall the book Conjuro del Serynoser (Incantation of the Serynoser) by César Cuadra, which was presented during the 2005 edition of the Chillán Poesía literary gathering, where I had the opportunity to volunteer. The book contains a phrase that reads: "Tell me what you read, and I will tell you who you were." I asked the author why he used the past tense—who you were—instead of the present. His reply was as brief as it was blunt: "Because no one reads." Beyond the laughter that comment provoked, the answer once again brought to the fore the concern regarding the apparent decline in reading.

Returning to Horowitch’s article, the author argues that universal literacy may have been a brief anomaly in human history. She bases this claim on the sustained decline in book reading and the fact that the prose in best-selling titles has become increasingly brief and simple. A key argument in her report is that the percentage of Americans who read for pleasure daily fell from 28% in 2004 to 16% in 2023. She also maintains that entertainment habits have changed radically and that, today, games of chance are a more common pastime than reading books. She further notes that best-selling works, according to The New York Times, contain sentences that are approximately one-third shorter than those from decades ago. Finally, she raises the possibility that we are entering a "post-literacy" phase, in which entertainment is shifting from lengthy texts to short-form formats, such as TikTok and other digital platforms. 

Horowitch asserts that the end of reading may have arrived. There was a time when many believed universal literacy was an inevitable destiny for modern societies. Today, however, it is beginning to appear that the era of reading may have been merely a brief historical anomaly. To illustrate the immense value reading held for the development of knowledge, the author points to the Library of Alexandria. Although much of its history has been lost, we know it was the site of some of the ancient world's greatest intellectual achievements. The king funded scholars to live and work there, and the collection was open to anyone with a "desire to learn," thereby fostering the intellectual development of the entire city. It was in this library that Eratosthenes calculated the Earth's circumference and Zenodotus edited the oldest manuscripts of Homer's epics. It is even possible that Euclid, author of Elements of Geometry, studied there as well.

Equally concerning data emerged during an interview conducted by Fareed Zakaria on CNN. Today, competition from the internet and social media, combined with the immediacy with which we access information, has made deep reading an increasingly difficult activity—and, for many, almost a luxury. The number of Americans reading for pleasure on any given day fell by 40% between 2004 and 2024, while the percentage of people who read at least one book dropped from 52.7% to 48.5% between 2017 and 2022. Zakaria emphasizes that deep reading and sustained engagement with books are essential for developing critical thinking, clear writing, and intellectual depth. Reading lengthy works compels us to analyze complex ideas, draw connections between concepts, and construct solid arguments, rather than simply consuming fragmented information. Short articles may provide new facts, he argues, but understanding human, social, and political phenomena requires the depth and nuance that usually only books can offer. Zakaria himself has recounted how classic literature—such as discovering The Great Gatsby after arriving in the United States as an immigrant—was fundamental to understanding his new country's cultural and social values.

In my view, critical thinking is one of the most important skills for future generations. It acts as a defense against misinformation, facilitates intelligent decision-making, and has become an indispensable component for problem-solving in an increasingly complex world. It enables us to distinguish between facts, opinions, and potential manipulation; helps us critically evaluate responses generated by artificial intelligence rather than accepting them automatically; and allows us to transform the vast amount of available information into useful knowledge. However, critical thinking, the capacity for synthesis, and the ability to form one's own ideas are developed, to a large extent, through deep reading. If this continues to decline as artificial intelligence assumes an increasingly dominant role in the production and consumption of information, the question is no longer whether we will read less, but becomes far more unsettling: what will happen to our ability to think for ourselves?

We may be witnessing an institutional crisis: a crisis of the agencies of socialization—those entities through which individuals acquired a normative orientation, values, and reference points for understanding reality. The family, schools, the media, the workplace, and religion have historically fulfilled this role. As I argue in my book *Libertas: Ideas de libertad que impulsan el desarrollo* (Libertas: Ideas of Freedom That Drive Development), these institutions have undergone profound transformations in recent decades, weakening their ability to guide new generations and, in my view, diminishing their quality of life.

Could we now be witnessing a crisis in another fundamental agency of socialization: reading? If reading, too, loses its capacity to shape citizens capable of reflection, questioning, and independent thought, we would be facing an even deeper societal transformation. Reading does more than convey information; it shapes the ability to concentrate, strengthens critical thinking, and fosters a more complex understanding of the world.

Modernity thus confronts us with a landscape fraught with uncertainty. We may be witnessing a cultural shift of historic proportions, the consequences of which we are not yet able to gauge. For now, we have far more questions than answers.

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